5 de feb. de 2012

El cuento de la criada






«Éramos las personas que no salían en los periódicos. Vivíamos en los espacios en blanco, en los márgenes de cada número. Esto  nos daba libertad.
Vivíamos entre las líneas de las noticias»[i].

   
   Partamos de un acuerdo: Las casualidades no existen luego, todo lo demás, debe de tener un porqué.
   En «El cuento de la criada», de Margaret Atwood, esta novela de la genial escritora canadiense, nada es casual, todo está premeditado, desde la historia que cuenta, el tema que trata hasta —y sobre todo— la arquitectura premeditada y perfectamente escondida de su trama avisándonos de que estamos ante un talento fuera de serie.
   Pero, vaya una advertencia, como dirían las autoridades de la novela: «El cuento de la criada» puede ser perjudicial para su salud (mental), de hecho se corre el riesgo de pensar, algo que está prohibido en la sociedad descrita en la novela y poco común en la actual. Habría que emplear la fórmula médico-farmacéutica y decir eso de «úsese irónicamente aplicándola vía tópica, utópica y, sobre todo, distópica».
   La distopía es uno de los recursos ficcionales que emplea la autora para narrarnos este cuento con forma de novela. Evidentemente, esta palabra no está incluida en el DRAE, como tantas otras que pueden llevar a las personas a plantearse algo importante. Otra muestra más de que para quienes se arrogan el derecho a dictar que palabras son o no correctas la lengua está en una galaxia distinta a la literatura.
   La distopía, como antónimo de utopía, describe un mundo igual de imaginario, en un futuro más o menos cercano, en el que esgrimiendo argumentos típicos de las clases sociales poderosas (léase poderes fácticos como los mass media, la política y la élite financiera) crean un mundo ideal en el que, siempre por nuestro bien, se emplean métodos totalitarios y fascistas encaminados a la eliminación del carácter individual y la preponderancia de la uniformidad. 
   Esta técnica ha sido empleada en obras maestras de la literatura que llevan la etiqueta de ciencia ficción, tales como «Fahrenheit 451» de Ray Bradbury, «La carretera» de Cormac McCarthy, «El señor de las moscas» de William Golding o «Rebelión en la granja», de George Orwell, entre otras.
   
   En la contraportada de la primera edición española de 1987 a cargo de Seix Barral (con una correctísima traducción de Elsa Mateo Blanco) se dice que es comparable a «1984» del propio Orwell o «Un mundo feliz» de Huxley o «La naranja mecánica» de Burgess. Estas comparaciones que vienen al caso —como pocas veces ocurre en la crítica literaria—, nos dan ya un indicio de la calidad literaria y filosófica de esta novela.
   Otra de las técnicas que utiliza magistralmente Atwood es el flasback. En la primera parte del texto, los párrafos que hacen referencia al pasado en el que empieza a gestarse la trama, aparecen separados. Sin embargo, según avanza la historia, la autora consigue meternos de lleno en ese mundo “no real” gracias a la delineación casi imperceptible de ambientes y personajes y las referencias al mundo anterior se van alternando de un párrafo a otro sin que tenga necesidad de recurrir a un salto de página para advertirnos.
   Se dice que el título de la novela puede ser un homenaje al «Los cuentos de Canterbury», de Chaucer, pero como casi todas las claves e interpretaciones del libro, sólo nos serán reveladas en las últimas páginas. En esa parte, también tendremos la oportunidad de ver el claro paralelismo que existe entre el mito de Eurídice y Orfeo que se nos ha ido desgranando página a página envuelto en una prosa que, por momentos, parece telegráfica, eminentemente oral y directa, tal y como haría alguien que nos estuviera contando un cuento.
   El estilo de la novela es tema aparte. Genial es un adjetivo que se queda corto. Las frases cortas a menudo recuerdan la técnica de la novela negra; las pistas que se nos van mostrando aluden a la novela de investigación, policial y detectivesca, y los párrafos cortos con repeticiones que van ampliando los conceptos y las sensaciones de la protagonista, son dignos de ser incluidos en un libro de filosofía, de sociología o de antropología social.
   ¿Dije cuento en forma de novela? ¿Será “otra casualidad” vernos obligados a mezclar género literario con género social?
   «Si un personaje actúa con la incoherencia que la mayoría de nosotros mostramos casi siempre, no es una creación verosímil, sino un defecto de la creación de las mujeres o una parábola, no sobre la fragilidad humana, sino sobre una determinada debilidad»[ii].
   A veces olvidamos que para que un texto pueda entrar en el ámbito de lo que denominamos literatura debe de ser ficción en mayor o menor medida. Cuando una novela o un cuento o cualquier otro tipo de escrito nos gana hasta el punto de que llegamos a confundirlo con la realidad, o sea, cuando está tan bien escrito que nos resulta verosímil, en lugar de alabarlo lo criticamos porque no refleja fielmente esa realidad, por cierto siempre acotada a experiencias personales.
   «Si invento un personaje femenino, me gustaría poder describirlo como alguien capaz de sentir todas las emociones del ser humano —odio, envidia, rencor, codicia, ira y miedo, y también amor, piedad, tolerancia y alegría—, sin tener que presentarla como un monstruo, una rareza o un mal ejemplo. Me gustaría también que fuera ingeniosa, inteligente y traviesa si la trama lo requiriera, sin tener que presentarla como una divinidad maligna o un ejemplo evidente de la maldad de las mujeres»[iii].
   A lo largo de «El cuento de la criada» nos encontramos con caracterizaciones de personajes femeninos que no serían alzadas a un pedestal por el feminismo rancio que tanto daño hace a la concepción y consecución de un mundo más igualitario entre mujeres y hombres. Pero, como dice la autora: «A las mujeres, tanto a los personajes como a las personas, deberían permitírseles sus defectos»[iv].
   Este libro debería ser —es— un clásico de la literatura, pero no lo es. Y no lo es por una simple razón: está escrito por una mujer. Para  más Inri, su protagonista es una mujer y las secundarias, también.
   Tampoco lo es porque este libro quema en la conciencia más que en las manos, porque hace pensar y, sobre todo, porque da miedo y parece, más que ciencia ficción, cruda realidad.
   Impresiona la lucidez de Margaret Atwood, sin embargo, atendiendo a su coherencia personal, deja de sorprendernos. Este libro está escrito en 1985 y parece que estuviéramos leyendo una crónica periodística de la actualidad. Asusta.
   Por eso la protagonista se dice en numerosas ocasiones que no quiere contar este cuento o se plantea el para qué o a quién se lo está contando, si servirá de algo, a alguien, alguna vez.

   «Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores posibilidades.
   Si esto es un cuento que yo estoy contando, entonces puedo decidir el final. Habrá un final para este cuento, y luego vendrá la vida real. Puedo decidir dónde dejarlo.
   Esto no es un cuento que estoy contando.
   También es un cuento que estoy contando, en mi imaginación, sobre la marcha.
   Contando más que escribiendo, porque no tengo con qué escribir y, de todos modos, escribir está prohibido. Pero si es un cuento, aunque sólo sea en mi imaginación, tengo que contárselo a alguien. Nadie se cuenta un cuento a sí mismo. Siempre hay otra persona.
   Aunque no haya nadie»[v].

   Por qué escribir ha sido, es y será la eterna pregunta cuya única respuesta, paradójicamente, sólo se puede intentar aprehender escribiendo.
   Margaret Atwood consigue con esta novela revivir uno de los principios del Arte en general y de la literatura en particular: compartir un mundo personal sabiendo que, de un modo u otro, nada humano nos es ajeno, incluso «Aunque no haya nadie».
   «¿Alguna pregunta?»

© Carlos de la Fé


[i] Atwood, Margaret. «El cuento de la criada» («The Handmaid’s Tale». 1985). Barcelona, Seix Barral, 1987.
[ii] Atwood, Margaret. «La maldición de Eva» («Curious Pursuits»). Barcelona, Lumen, 2006.
[iii] «La maldición de Eva». Op. cit.
[iv] «La maldición de Eva». Op. cit.
[v] Atwood, Margaret. «El cuento de la criada». Op. cit.

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